Me cayó el veinte, 2026
Translation in Spanish of L’Ecole buissonnière (AOC, 2021; Médecine et philosophie, 2021), by Luis Vital, in Me cayó el veinte, n°51 (Lacanian Review of Psychanalysis, Mexico).
In English, A School of life (tr. by Tobias Ryan, in Socrates on the beach, 2023)
“Desde el comienzo de mis estudios consideré el progresivo endurecimiento interior que me imponía el pensamiento médico como un síntoma a paliar. Si al inicio estuve ávido por dominar su método y sus saberes, también sentía que dicho pensamiento tendía a sistematizar una forma de razonar que amenazaba con extinguir la parte irreductible de misterio que se quiere cuestionar frente al cuerpo que se deteriora, frente a la locura, frente al destino del individuo enfermo. A veces incluso tenía la impresión de que, al privármelo, tal pensamiento me desencarnaba.
Más tarde, cuando empecé a escribir informes hospitalarios, fragmentos desconocidos para la literatura, me sentí a menudo reticente a utilizar con libertad palabras que parecían tan alejadas de la experiencia que se suponía que debían describir. Así, ¿cuál es el vínculo entre esa agotada mujer de mirada exaltada y el diagnóstico “delirio con mecanismo alucinante e intuitivo” que la lleva a ser internada? ¿Qué relación hay entre ese triste anciano de frente arrugada, que me habla de su hija muerta, y la palabra “abulia”? ¿O entre el discretísimo movimiento que da a ese joven un aire de ángel músico y la locución “actitud de escucha” en el certificado de hospitalización involuntaria? Tantos términos semióticos envueltos de realidades subjetivas que se me escapaban y me suspendían por encima de una pregunta tan banal, pero cuya profundidad surgía con vehemencia al salir de algunas recámaras o de la sala de urgencias: ¿qué relación hay, entonces, entre aquellos vocablos y esos seres perdidos, entre estos últimos y esa agonía, esa miseria, ese arrebato que yo vigilaba en sus gestos?
Por eso tengo el persistente recuerdo de mi vergüenza como joven médico, que se esforzaba por despreciar la intimidad de las personas, de marginalizarla al menos, para razonarla o reducirla a síntomas mentales –también evitaba considerar sus emociones, sus rechazos o aversiones, sus impulsos y enternecimientos, su atracción a veces.
Esos pequeños escritos médicos estaban estructurados por una representación de enfermedades y un encadenamiento de procedimientos y efectos secundarios. Para que tuvieran sentido, era necesario que fueran sencillos y fiables. Es así como el escrito médico pacta con el inquisidor: quiere hechos y una escritura sin artimañas, sin habitaciones ocultas. La medicina tiende a hacer lógico todo lo que toca. Es poderosa por su capacidad de develar la causalidad de los males, pero pronto se harta y abandona lo que ha perforado y aquello que ahora le parece un misterio. El alcance de su mirada se detiene a menudo en el umbral de la más singular de las existencias. El saber médico renuncia generalmente a esa otra zona, más amorfa y compleja, con la que el arte, y en especial la literatura, tiende a encontrar su carga (en el sentido eléctrico del término): un lugar activo nunca develado en su totalidad. Y aunque, según Virginia Woolf, una gripe cualquiera nos daría un asombroso escrito, he visto a pocos médicos encontrarle interés…”
